Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 18 diciembre 2009

El otro día estaba leyendo un artículo muy interesante sobre el dibujante de historietas Robert Crumb, y bien en el arranque de la nota el autor aclaraba que en inglés “crumb” significa “migaja”. En ese momento, sin ningún afán ególatra ni nada que se le parezca, me pareció que ya era hora de aclarar que en francés “font de bon” significa, más o menos, “ser de bien”… no en vano, uno terminó dedicándose a ésto, pero no me quiero ir de tema y tampoco me gusta alardear con mi francés. Como siempre digo, estamos acá para ayudar.

“SER DE BIEN”. Es lo que, en francés, significa “font de bon”, mi apellido. Por algo es.

Quería contarles que el fin de semana pasado me hice una escapada a Juan Lacaze y encontré, como todos los años, el arbolito de Navidad armado y ese perfume a jazmines que agranda la casa y hace que todo se vea más lindo, incluso la repisa con souvenirs de viajes. Sobre la mesa de la cocina me esperaba una manzanita Fagar en vaso de requesón con mucho hielo, que yo siempre digo, es la bebida oficial de Colonia. Y ahí sí, respiré hondo y dije: arrancó el verano.

Y como les prometí que haría cuando llegara este momento, vamos a dedicar las columnas de las próximas semanas a los tips básicos de esta época, a algunas recetas ideales para combatir el calor y también a algunos consejos sobre “etiqueta de la casa de verano compartida”, que nunca está de más tener en cuenta.

QUE EL MUNDO PAREZCA UN LUGAR MEJOR. Eso es lo que hace tomarse un buen Negroni. Lo prueban y después me dicen.

Pongamos manos a la obra. Para inaugurar la temporada, nada mejor que tomarse un buen Negroni. Cuando me hago uno siento que el monoambiente se transforma en un amplio loft, que mi balconcito pasa a ser un deck de madera y el edificio en obra que tengo enfrente… bueno, eso no cambia, sigue siendo el edificio en obra que tengo enfrente. Pero como decía, el Negroni es de esos tragos que, como el perfume de los jazmines de la casa de mi madre, hace que el mundo parezca un lugar mejor.

Como siempre pasa con el origen de los tragos, los datos son difusos y difíciles de comprobar, pero todos los caminos conducen a Florencia, en la década de 1920, y al conde Camillo Negroni, de quien el trago toma su nombre. Parece que un buen día el conde pidió a su barman de confianza, Fosco Scarselli, que le hiciera una variante al Americano de siempre, con gin en vez de soda. Más o menos es así la cosa.

Lo que nos queda hoy, casi un siglo después, es que el Negroni es un trago clásico, refrescante y muy fácil de preparar: tres partes iguales de dry gin, vermouth rojo y bitter Campari. Se sirve directamente en un vaso bajo -un old fashioned es ideal- con un par de cubitos de hielo y se adorna con un espiral de cáscara de naranja, que se puede torcer sobre el trago para perfumarlo. Una maravilla, una prueba de que el ars combinatoria es realmente un arte. Ideal para escapar del whisky y la cerveza, y abrir el apetito antes de una cena liviana con amigos.

Los dejo que me esperan de la inmobiliaria para ir a ver un apartamento acá a la vuelta. Quién les dice que no arranque el 2010 en casa nueva. Disfruten del fin de semana, tomen mucha agua y hasta la próxima.

Negroni:

1/3 dry gin

1/3 vermouth rojo

1/3 bitter Campari

Cómo lo hago: Servir directamente en vaso bajo con cubos de hielo (el que sabe, hace los cubitos con agua mineral), y se decora con un espiral de cáscara de naranja, antes torciéndolo levemente sobre el vaso para perfumar la bebida. Y bueno, obvio que si consiguen un gin importado la cosa cambia. Lo prueban y después me dicen.

Tip express estival: el talco, siempre un aliado, y no tengo más nada que agregar.

  • Nuestro experto residente Jean Font de Bon se declara un gran admirador de Joan Green, pionero en el Río de la Plata en esto de la lifestyle consultancy. Si se lo cruza este verano en Punta del Este, no lo duda, le pide foto y autógrafo. Su columna, Saberes para el buen vivir, se actuliza todos los viernes.
Anuncios

Read Full Post »

Por estos días emprendí la engorrosa tarea de bajar de la parte más alta e inaccesible del placar toda la ropa de verano y subir la de invierno. Uno se siente a gusto cuando hace estas cosas porque aparecen por aquí y por allá recuerdos asociados a la época del año en la que por lo general tomamos vacaciones, descansamos y la pasamos bien. También es un ejercicio de previsión, que se aplica a muchos otros órdenes de la vida. Como en la fábula de la cigarra y las hormigas, el que toma las mínimas precauciones antes del cambio de estación sale mejor parado, pero es horrible tener que identificarse con las hormigas. Hagan como que no les dije nada.

MEJOR PARADO. Así sale quien toma las mínimas precauciones antes del cambio de estación

MEJOR PARADO. Así sale quien toma las mínimas precauciones antes del cambio de estación

Volviendo a mi columna de hoy, iba a estar dedicada a profundizar en algunos tips básicos para el verano, como que se tomen en serio lo de cuidarse del sol de pies a cabeza, que se hidraten mucho, todo lo que puedan, que descansen pero también que aprovechen los primeros días de enero, cuando el tiempo parece suspendido, para trazar un plan de acción del año: dos o tres metas principales, dos o tres secundarias, y luego reflexionar un momento sobre cómo pensamos llegar a ellas. Esto vendría a ser la macrolista de tareas para el año, nuestra hoja de ruta.

De todo eso les iba a hablar hoy, pero mientras apuntaba las ideas en mi Moleskine, sentado en el ómnibus, me llamó la atención el comportamiento del chofer: saludaba a los pasajeros al subir. A todos y cada uno, con un “Buenos días, buenos días, bienvenidos”. Está claro que a mí también me saludó igual, pero en el momento no le presté atención.

Ustedes dirán “qué bárbaro”, “qué educado”, y casi que puedo escucharlos exclamando “ojalá fueran todos así”. Sin embargo, como lifestyle consultant no puedo dejar pasar esta oportunidad para plantear un tema básico sobre la etiqueta y el comportamiento en lugares públicos. Lo que quiero decir es que el chofer, repitiendo como autómata el “buenos días” a todos los pasajeros con una sonrisa de cartulina, me pareció un desubicado total.

Pensarán que me contradigo, porque soy defensor acérrimo del saludo como norma básica de cortesía. Pensarán que soy un radical -que no lo soy, salvo excepciones como ésta-, porque me la agarro contra el chofer amable. Pensarán que me quejo por todo, que no es cierto, sólo estoy haciendo mi trabajo, poniendo el tema sobre el tapete.

UN DESUBICADO TOTAL. Es lo que me pareció el chofer del ómnibus, que se la pasó repitiendo el “buenos días” como un autómata a todos los pasajeros

De ninguna manera estoy censurando la urbanidad de este señor, pero por regla tampoco aliento los extremismos. La amabilidad y la generosidad excesiva resultan sospechosas. Es la verdad de la milanesa. Dirán que es una señal más de lo mal que está el mundo, pero lamentablemente es así. Como siempre digo, para romper las reglas primero hay que conocerlas: abstengámonos de excesos de toda índole, al menos en público y sobre todo con desconocidos. En el caso de la amabilidad, se puede confundir con un exceso de confianza. Y no debe haber nada peor que un confianzudo.

En el caso de la generosidad, el exceso pone al otro en un lugar incómodo, muy incómodo: el del compromiso forzado. Acá, el chofer vendría a ser la cigarra, que canta sin que nadie se lo pida, pero una vez más me rechina la metáfora (otra vez terminamos siendo las hormigas). Así que hagan de cuenta que no dije nada. Pero sí recuerden lo de evitar excesos.

¿Cómo debería hacer el chofer si quiere ser amable, si quiere “humanizar” el transporte colectivo? Pues muy sencillo. Con solo un “buenos días” genérico en el momento justo, que vaya destinado a todos los pasajeros que suben en una parada. Así estaría más que bien, y yo desde mi asiento hubiese pensado: “Qué bárbaro, qué educado el chofer, ojalá fueran todos así”. Aprovechen el fin de semana y hasta la próxima.

  • Nuestro lifestyle consultant residente, Jean Font de Bon, no sale a la calle sin una buena untada de pantalla solar factor 30 y una botellita de agua mineral. Los lectores pueden dejar sus consultas en el área de comentarios y él con mucho gusto evacuará sus inquietudes. Saberes para el buen vivir se actualiza todos los viernes.

Read Full Post »

“El costo de algo es aquello a lo que se renuncia para conseguirlo”, dice uno de los principios básicos de la Economía. No sé si lo dijo Adam Smith, David Ricardo o Danilo Astori (h), tampoco sé si era exactamente así, pero me viene al pelo para el tema de mi columna de hoy.

Sucede que en la tele, en las revistas, en el secador de manos de un baño público y en cualquier recóndito espacio conquistado por la publicidad, aparece en múltiples formas un mensaje que se puede reducir a ésto: “Sos libre, hacé lo que se te cante (y hacelo ya porque mañana no sabés lo que puede pasar)”.

En los papeles está buenísimo, pero la realidad es que fuera de los brillos y el optimismo crónico de la comunicación publicitaria, estos encendidos llamados no pasan del eslogan vacío. Mejor es tener siempre presente que, nos guste o no, vivimos gobernados por la fuerza invisible del orden social, con su sistema de premios y castigos.

UNA GRAN RESPONSABILIDAD. Es lo que todo gran poder conlleva.

Claro que es cierto que somos libres, y ya hablamos en otras columnas sobre la crisis de individualidad que nos aqueja. Pero la libertad es un gran poder que tenemos, y como decía el tío Ben, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Esa es la parte que nunca se hace explícita, ni siquiera en la letra chica. Hacé lo que se te cante, sí, pero bancátela. Porque cuando uno quiere abrir el juego y elegir una opción en los márgenes o fuera de ellos, algo empieza a hacer ruido. El mecanismo queda al descubierto. Y el chirrido de un mecanismo debe ser de los sonidos más molestos que existen.

Les pongo un ejemplo práctico. Hace algunos años decidí adoptar una dieta vegetariana. Estaba en Bélgica, haciendo mi curso en el Institut des Hautes Etudes du Goût, y la verdad es que no tenía ningún problema. Primero, no estaba solo en esa cruzada en contra de la carne y segundo, la oferta vegetariana en Leuven alcanzaba para conformar al paladar más exquisito. Pero al volver a Juan Lacaze, mi vegetarianismo se chocó de frente contra las costumbres de mi familia. Las tías comentaban por lo bajo. Los vecinos se burlaban. Me la tuve que bancar como un campeón.

AL BOMBO. Hasta allí nos vamos si seguimos ciegamente a la publicidad que nos bombardea con ser “auténticos” y “tal como somos”.

Con todo esto no quiero decir, bajo ningún concepto, que uno deba seguir ciegamente a la manada o que nuestro destino esté circunscripto a las normas imperantes. No, de ninguna manera. Simplemente estoy pegando debajo de la gigantografía que grita “sé libre” una etiqueta de “Warning” que ya nos gustaría ver antes de tomar muchas decisiones importantes en la vida. Si estamos sobre aviso, las consecuencias de nuestras acciones se pueden prever en parte, podemos estar preparados para el choque. Si nos quedamos con la publicidad que nos bombardea con ser “auténticos”, “tal como somos” y demás mensajes un poco cínicos, nos vamos al bombo, que no chirría pero también hace un ruido bárbaro.

Como lifestyle consultant tengo que lidiar sobre todo con tweens y treintañeros que se subieron al carro de la autenticidad sin compromisos y sin embargo no terminan de encontrar su lugar, quiénes son. Los aturde el chirrido. Están los que quieren ser originales in extremis y un día aparecen con atuendos estrafalarios buscando aprobación unánime, sin éxito. Están los que quieren seguir siendo adolescentes, quieren divertirse, quieren todo, pero se lamentan después que nadie se los toma demasiado en serio, que no les alcanza la plata o que ya no pueden seguir el mismo tren de salidas que antes.

Y no, m’hijo: “Todo no se puede”. Qué sabias palabras. Me las enseñó mi madre alguna vez y lejos del molde, el corsé o la atadura, son una observación empírica, un llamado de atención, un baño de realidad. “Todo no se puede” resume de alguna manera el concepto de “escasez” sobre el que se basan las Ciencias Económicas, lo que nos remite al principio de esta columna y determina un loop infinito, como para que no se les olvide jamás: “Todo no se puede”. Y con esta voltereta retórica los dejo y me voy a exprimir unas naranjas que todavía no desayuné. Hasta la próxima.

  • Nuesto lifestyle consultant residente, Jean Font de Bon, fue vegetariano durante las últimas cuatro semanas que vivió en Bélgica, hasta que regresó a su natal Juan Lacaze donde se tiró de cabeza contra una tira de asado en la bienvenida que le organizó su familia. Su columna, Saberes para el buen vivir, se actualiza todos los viernes, aunque, sólo por esta vez, se actualiza este jueves.

Read Full Post »